La rebelión que se gestó en los cafés

Para comprender el impacto de Suenan timbres, resulta necesario imaginarse la Bogotá de los años veinte. Era una ciudad fría, de espíritu conventual y élites conservadoras. Las tertulias oficiales seguían recitando versos melancólicos entre rimas y métricas rigurosas. Mientras la urbe oficial continuaba en su letargo, una nueva energía comenzaba a hervir puertas adentro.

Los densos cafés bogotanos, como el añorado Windsor y el Riviere, se convirtieron en el refugio de una juventud intelectual. Agrupada bajo el estandarte de la generación de «Los Nuevos», esta vanguardia empezó a conspirar contra el acartonamiento de la época. Entre la intelectualidad y el humo del tabaco, discutían con fervor la inminente revolución estética y política de Colombia.

De la charla al estruendo

Luis Tejada, destacado cronista del período, fue el primero en presentar públicamente al joven Luis Vidales mediante un artículo premonitorio titulado «Un poeta nuevo». En estas tertulias se hablaba del incipiente asfalto, de las máquinas y de la forma en que la poesía ignoraba el mundo moderno. Vidales llevó el ruido de la calle, la urgencia de los relojes y la figura de los tranvías eléctricos directamente al verso.

1923

La batalla del Riviere

La publicación de Suenan timbres generó un cisma de gran magnitud que paralizó las tertulias. La obra dividió apasionadamente a la sociedad entre defensores vanguardistas y detractores ofendidos, llegando incluso a la confrontación física por la defensa de un poema.

El eco de esas discusiones bohemias estalló a nivel nacional. La anécdota relatada a Vidales por el político y escritor Augusto Ramírez Moreno en 1926 ilustra a la perfección este clima de agitación:

«¡Qué éxito! La ciudad está paralizada por tu libro. Vengo del Riviere, donde acaba de ocurrir una batalla campal por Suenan timbres. Unos dicen que tu libro es malo por unos motivos, y otros que es pésimo por motivos diferentes.»

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