Bogotá, 1891—1896. José Asunción Silva compuso su ‘Libro de Versos’ dejando una versión manuscrita definitiva ilustrada por él mismo. Tras su muerte este tesoro literario pasó de mano en mano (incluyendo la sospechosa custodia de Roberto Suárez Lacroix) hasta llegar a su sobrino, Camilo de Brigard Silva. En 1945 la Editorial Horizontes, con el apoyo del sobrino de Silva, realizó una edición facsimilar de este material. Aunque debido a este tránsito la versión final quedó incompleta —lo que se constata porque faltan textos que aparecen en el índice—, el material conserva las dos joyas fundamentales de su obra: Los maderos de San Juan y el célebre Nocturno III. Este último poema partió en dos la historia de la poesía colombiana e inmortalizó a Silva como una figura universal.
La pieza —contexto—: Estás viendo una fotografía ampliada con calidad de museo y montada en retablo (102.1 x 80 cm) del manuscrito original del Nocturno III —tomada de aquella reproducción facsimilar—. Hace parte del acervo histórico de la Casa de Poesía Silva y desde 1986 se exhibe en la pared lateral del auditorio, ubicada en diagonal a la izquierda del retrato de Nadar. Esta disposición relaciona visualmente la imagen icónica del poeta con su obra maestra. Es la primera vez que esta pieza se exhibe fuera del auditorio.
Detalle: Observa la caligrafía del poeta: pequeña, pulcra y altamente legible, reflejo de su personalidad disciplinada. Nota también la disposición gráfica del texto en la hoja: el uso del espacio y la sangría para marcar el aspecto psicológico y musical es un rasgo característico de un artista verdaderamente moderno.



Escucha el poema Nocturno III
Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca.
Y tu sombra
fina y lánguida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada…
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!…
Poema de José Asunción Silva en voz del poeta colombiano Alvaro Mutis
Este audio forma parte de la Colección Voces para el tiempo de la Fonoteca de la Casa de Poesía Silva


